martes, 17 de abril de 2012

Donde el corazón te lleve.

Era la noche mas fría que se había visto en años. La ventisca azotaba con fuerza los arboles próximos a la enorme mansión que allí se encontraba.
El dueño de la mansión caminaba pesaroso, como un alma en pena, por los rincones de su biblioteca.

--- ¿Cuál es esa pena que os tortura cada día, mi señor?- pregunto con inocencia su más fiel criado.
--- Una que me persigue desde hace años.
--- Debe de ser muy grave y personal para que estéis tan deprimido y nunca halláis hablado de ello.
--- Amigo mío, me alegra que te preocupes tanto por mí. En realidad, nunca he hablado de ello porque no tenía a nadie en quien confiar, pero tú, que eres mi más fiel criado, al que ya trato como a un amigo, no tengo inconveniente en confiarte la causa de mi pena.
--- ¡oh! que honor, mi señor. He de decir que no merezco tantos cumplidos.
--- ¿Ves ese cuadro de allí?- dijo el señor de la mansión, señalando el retrato de una bellísima mujer.- Su nombre es Scarlet. Ella es la razón de mi pesar. Si quieres puedo contarte la historia, pero solo si realmente estas dispuesto a escucharla.
--- Cierto es, mi señor, que es más bella que los mismísimos ángeles. Por supuesto que estoy dispuesto a escucharos. Soy todo oídos.
Y sin más preámbulos, y con una media sonrisa en la cara, el señor de la casa comenzó a relatar:

--- Cuando no era más que un niño, vivía en una gran mansión, pero no como rico, sino como criado. Pese a ello, siempre estuve enamorado de la hija de los dueños de la casa. Desde el mismo momento en que la vi, recogiendo flores en el jardín, me quede hechizado por su belleza. Por desgracia, ella era de muy alto rango, y yo no tenía categoría para osar siquiera hablarla.
Afortunadamente, no fue la única vez que la vi en el jardín, pues allí fue donde una tarde nos conocimos. Desde aquel día a menudo nos escapábamos allí para jugar juntos.
En lugar de por mi nombre, ella solía llamarme muchacho.
Si alguna vez armaba alguna trastada, o me metía en algún lio, ella me decía con una sonrisa cómplice: "No te preocupes muchacho. No temas, no diré nada".
Pronto, los años pasaron, y los juegos infantiles fueron dejando paso a cosas más intensas. Lo cierto era que ambos sabíamos muy bien que no debíamos estar juntos, porque sus padres jamás se lo permitirían, pues justamente por eso lo habíamos mantenido en secreto durante años.
Desgraciadamente, una tarde, su padre nos encontró juntos en el jardín. Su enfado fue tan grande que para poder librarse de mí me acuso de robo y me echo de la casa.
Me vi obligado a vivir en las afueras, en el interior del bosque. Y a pesar de ello, la chica continuó reencontrándose conmigo, siempre en el mismo lugar, aquel viejo roble que puedes ver desde la ventana.

 Las visitas cada vez se hacían más difíciles, pues ella comenzaba a tener ciertas responsabilidades en su vida cotidiana. Así pues, planeamos algo de lo que por entonces nunca pese que me arrepentiría tanto: nos fugaríamos juntos, lejos, lejos de su familia, de la mía, y de aquel lugar horrible, y nos casaríamos,
El viernes llego, pero, esa tarde, callo una descomunal ventisca. Trate de avisarla, pero la nieve había sepultado mi cabaña, y me fue imposible advertirla de que no debía salir esa noche porque podría congelarse o ser atacada y devorada por los lobos hambrientos.
Según lo planeado, la joven se vistió con su traje de novia y se escapó de la mansión ayudada por algunos criados amigos míos, y desde allí, corrió por el bosque, entre los árboles y las sombras de la noche, enfrentándose con uñas y dientes a la feroz nevada, para reunirse conmigo en el roble.
Nunca llegue a reunirme con ella, pero jamás olvidaría esa noche, atrapado en mi cabaña, pensando en ella, en como estaría, en si habría acudido a la cita, en lo mucho que estaría sufriendo si había decidido salir sin que ni yo ni nadie pudiera ir a ayudarla.
Murió allí, esa misma noche, congelada en la nieve y, posiblemente, atacada por los lobos, o al menos eso me dijeron, aunque sé que era cierto, pues ella nunca más volvió a verme.

 Me hice con dinero y arregle esta mansión que por aquel entonces estaba abandonada y derruida por las termitas. Demostré mi inocencia en aquel supuesto robo, y me gane el respeto de la gente, que hasta hoy dura, 21 años después. Y es por eso que ahora ya no soy un criado.
Cuando era criado mis amos me maltrataban, y por eso a ti, mi querido compañero, te estoy tratando no como criado, sino como amigo, de igual a igual.
--- Que historia más trágica mi señor. Lamento mucho su perdida.
--- No tienes porque, tú no tienes culpa de nada- dijo sonriendo, muy a su pesar, el señor de la casa.- ¿puedo confiarte otra cosa?
--- Si, por supuesto. Os escucho.
--- En ocasiones la veo.- murmuro.
--- ¿que veis que señor?
--- A ella. Su alma. No me ha abandonado, sigue aquí, vagando por cada rincón de esta casa y sus alrededores. Se me aparece y me mira.
                                                       
 --- Pero señor, eso no es posible. ¿Cómo vais a ver  el fantasma de la muchacha? ¿No habreis perdido  el juicio?
--- La veo. En muchas ocasiones. En los largos pasillos, en los lugares oscuros... en el jardín. Y me mira, con una dulce sonrisa, y sus rasgados ojos color miel.

 El criado sonrió. No creía nada de lo que su amo decía, pero le entendía de todos modos. Una perdida así debía de ser muy dolorosa.
--- La hecho tanto de menos... daría cualquier cosa por abrazarla de nuevo.
Y diciendo esto, el señor se acercó a la ventana y observo a través del cristal como la nieve caía sobre aquel viejo roble. Cuando entonces...
--- ¡Es ella! ¡No puedo creerlo! es ella... me está esperando...- y corrió lo más rápido que pudo, a salir de la casa para ir con su amada.
Y cierto era, que allí, en medo de la ventisca, estaba ella, mirándole y rodeada de lobos.

 --- ¡No, señor! ¡No salgais! son solo alucinaciones. ¡¡¡Si salis con esta ventisca morireis congelado o devorado por los lobos!!!- grito el criado, pero su señor ya estaba demasiado lejos como para oírlo.

Corrió, todo lo rápido que pudo contra la corriente de la tormenta de nieve, mirando en todo momento al roble, donde ahora ella le esperaba alegre.
                                                       
 Intento llegar al roble, pero el frio comenzaba a afectarle y su cuerpo cada vez estaba más congelado. Sus pisadas eran más torpes por momentos, y finalmente, se dejó caer sobre la nieve, desfallecido, y allí se durmió congelado por la helada nieve y el frio de la tormenta, muriendo de lo que se llama, una muerte dulce.
Su alma, salió de su cuerpo, como una cegadora luz, y, esta sí, se acercó tímidamente al roble, y allí, por fin, y después de tantos años, pudo reunirse con su amada, que le había estado esperando durante mucho tiempo, y juntos, se alejaron caminando por el horizonte.
                                           
                                                     
                                                                           
                                                                        THE END.

No hay comentarios:

Publicar un comentario